Published On: Vie, Feb 3rd, 2017

El club de los toreros muertos

 

Vicente Bernaldo de Quirós

03-02-2017

Vicente Bernaldo 1El delicioso gamberro que es Pablo Carbonell, que ya lo era cuando actuaba en ‘La Bola de Cristal’, fundó un grupo musical durante la movida que respondía al nombre de Los Toreros Muertos, que tuvo un gran éxito en aquella época, aunque fue efímero y no consiguió más que dos o tres canciones conocidas. Dudo que el nombre de aquel mítico conjunto fuera posible registrarlo hoy en día, como consecuencia de la polarización brutal que sobre las corridas de toros existen en nuestro país.
A raíz de la muerte del torero Víctor Barro se sucedieron en las redes sociales una serie de polémicas que incluso llegaron a movilizar a la Fiscalía por las palabras de algún que otro tuitero más cañero que otros para comentar la cornada mortal del morlaco contra el diestro.
Conocida es mi aversión a las corridas de todos y a toda esa parafernalia de lo que llaman algunos pomposa y ridículamente la fiesta nacional. Dicho esto también declaro que no me alegraré de la muerte de ningún torero como no quiero que se sacrifiquen en las plazas animales por el mero hecho de vivir en dehesas y tener un par de cuernos.
Pero no me extraña que empiece a llegar la sangre al río en un país que inventó la Inquisición, que paseo y fusiló a decenas de miles de españoles solo por el hecho de ser republicanos y oponerse a un golpe de Estado, o que responde a la natural sensibilidad de solicitar la finalización del bárbaro ejercicio de estoquear a un toro, con un declaración de Patrimonio Cultura. La intolerancia en estado puro tiene pasaporte español y, por lo que parece, ha venido a quedarse para siempre, sino ponemos remedio con educación, cultura y sentido común para poner término a esta encarnizada pelea por lo cotidiano.
La sociedad ha avanzado considerablemente en los últimos 50 años. Los muchachos de ahora no son como los de antes y no se suben a los árboles para destrozar los nidos de los pájaros como, desgraciadamente, sucedía en la posguerra incivil. Esto ha sido posible gracias a años de educación en libertad, de sensibilización animal y de civilización de España con métodos europeos.
Sin embargo, las corridas de todos no han experimentado esa civilidad que ha afectado a otras cuestiones en España. Es cierto que es una costumbre en decadencia y que son cada vez menos los jóvenes que se sienten atraídos por esta tortura, que ni es arte ni es cultura. Pero los pasos dados para poner remedio a esta antigualla del siglo XX han tenido reacciones virulentas por partes de los amantes de lo que alguien llamó el arte de Cúchares y de quienes consideran que no se es español si no se siente la necesidad de la sangre de un toro para reafirmar tu cultura. Incluso en algún partido político de la derecha, donde también existe gente con alma y con sensibilidad, se ha utilizado como arma arrojadiza la supresión de las corridas de toros para medros personales e ideológicos.
Hasta el propio Tribunal Constitucional ha caído en la torpeza de declarar inconstitucional la decisión del Gobierno de Cataluña de prohibir las corridas de toros, para servir otra vez a su señor y darle oxígeno a un muerto que jamás resucitará, aunque lo diga un grupo de expertos juristas. En Cataluña no volverá a haber corridas de toros, pese a quien pese porque, entre cosas, los ciudadanos no las quieren de forma mayoritaria.
Es un problema biológico, político y de sentido común. Los ciudadanos de las nuevas generaciones no desean que se les vincule con una costumbre bárbara y el tiempo de los toreros y de los banderilleros y de los picadores se acaba por inanición. Y porque no resultan ya rentables, salvo que las instituciones públicas sigan subvencionándolos.
Comprendo a quienes se enervan con el mantenimiento de esta lacra y llegó también a entender, pero no a justificar, algunos aplausos y vítores en las redes sociales por la muerte de algún torero. Incluso puedo llegar a admitir que los aficionados a estas ferias se indignen por los que se apuntan al club de los toreros muertos y pidan el amparo de la Fiscalía.
Si no nos llevásemos por nuestra carpetovetónica intransigencia llegaríamos a un acuerdo rápido para acabar mediante una dulce eutanasia con una costumbre que nos aleja de Europa y saca de nosotros lo peor que tenemos. Y que después los señores que se visten de luces y a los que un negro zaíno les rompe la femoral, descansen en paz, sin que tengan que sonar las trompetas de Jericó ni recibir notificaciones judiciales por las críticas a su actuación. Tarde o temprano, este país estará libre de corridas de toros. Y podremos sentirnos españoles, sin la vergüenza de que nos relacionen con una fiesta de muerte.