Published On: Vie, Ene 13th, 2017

El informe Chilcot

“Que la invasión de Irak en 2003 era una burda patraña para engrosar los beneficios de las grandes petroleras, lo sabía todo el mundo que tuviera dos dedos de frente”//

Vicente Bernaldo de Quirós

12-01-2017

Vicente Bernaldo 1¿Qué circunstancias se han producido seis meses después de la publicación del informe Chilcot que declara criminal de guerra al ex primer ministro británico Tony Blair para confirmar si las acusaciones de este parlamentario británico son ciertas o no? ¿Se han tenido en cuenta juridicamente estas apreciaciones para hacer declarar al ex premier laborista? ¿Ha actuado la justicia británica de oficio para comprobar si es verdad que un hombre sin escrúpulos engañó a todo un país y envió a la muerte a miles de inocentes?.
Pues parece que no se ha producido novedad alguna y ni siquiera el Tribunal Penal Internacional, al que en su día Reino Unido se adscribió a la justicia universa,l ha tomado cartas en el asunto por lo que da la impresión de que otro asesino se va de rositas sin pagar sus culpas y de que los grandes líderes de Occidente tienen patente de corso (nunca mejor dicho tratándose de británicos) para violar el Estado de Derecho cuando les apetezca. Nada que no se supiera y a lo que muchos están resignados, por otra parte.
Que la invasión de Irak en 2003 era una burda patraña para engrosar los beneficios de las grandes petroleras, lo sabía todo el mundo que tuviera dos dedos de frente. Que la conspiración del trío de las Azores (Bush, Blair y Aznar, con la colaboración desinteresada del cuarto, Durao Barroso) pretendía modernizar el armamento USA, invadir Irak y ponerse en modo Mónica Lewinski delante de Israel tenía todos los visos desde el comienzo de ser más real que una cumbre monárquica. Que mintieron descaradamente desde el principio no había ninguna duda. Que el criminal de guerra no era solo Sadam Hussein, sino también los artífices de la segunda guerra del Golfo, parecía más que evidente, aunque el líder iraquí tampoco fuera una hermanita de la Caridad.
Pero años después y tras un exhaustivo examen investigador, una comisión del Parlamento británico llega a la conclusión de que fue todo un burdo montaje, basado en informes ficticios, pruebas inexistentes y mentiras sin escrúpulos. El informe Chilcot, que concluye con estas afirmaciones irrefutables asegura que uno de los culpables fue Tony Blair, incansable propagandista de la declaración de guerra y que obtuvo grandes beneficios económicos por esa decisión.
Un servidor pensaba que, tras la contundente probatura del informe, la Justicia británica se sentiría obligada a tomarle declaración al ex primer ministro y, en base a los indicios y pruebas existentes, imputarlo por un acto criminal. La parafernalia de la vestimenta de los magistrados de los lores, con su peluca incluida, y que tan majestuosamente retratan las crónicas, permitía mantener la esperanza de que quien la hace la paga sea quien sea y tenga el origen social y político que tenga.
Volví a pecar de ingenuo. Los intereses de la City y de las grandes petroleras están por encima de lo que digan las leyes de Su Graciosa Majestad. Ni siquiera una tarjeta amarilla de reconvención por el asesinato de miles de personas en Irak, y de soldados del propio país. Tony Blair pasea su maldad por medio mundo, dando conferencias, pontificando sobre Oriente Próximo en un cuarteto, en el que Israel lleva la voz cantante y haciendo caja cada vez que el inventor de la tercera vía del laborismo abre la boca.
O sea, que al final, el informe Chilcot se guardó en un cajón, debajo de otras miserias más de Tony Blair y con el objeto de que todo el mundo lo olvide como si no hubiera pasado nada. Sin embargo, somos muchos los que lo recordaremos con frecuencia porque quien olvida la Historia puede ser víctima cruel de sus verdugos. El manchego José Bono dijo una vez que Tony Blair era gilipollas. No seré yo quien le lleve la contraria. Eso sí, afirmaré ante cualquier juez que se me ponga por delante y con el informe Chilcot en la mano, que es un auténtico asesino y un criminal de guerra.