Published On: Vie, Dic 23rd, 2016

La casa de Hitler

Vicente Bernaldo de Quirós

Vicente Bernaldo 1   En cada país se encara la memoria histórica con los mimbres que se puede con el fin de ahuyentar los fantasmas y evitar su regreso. En Austria, país en el que nació Adolf Hitler, las autoridades dudan sobre el futuro de su casa natal para evitar que en estos tiempos de resurgir del nacionalismo ultraconservador pueda convertirse en santuario de sus seguidores. En España, en cambio, la casa de vacaciones de Francisco Franco sirve para gozo de su horterísima nieta y además, las autoridades subvencionan a un monstruo como la Fundación Francisco Franco.

   Muchos no conocen que el representante más cruel del nazismo vino a la vida en los antiguos territorios del Imperio austrohúngaro en vez de en la desaparecida Prusia, pero esta circunstancia en vez de enorgullecer a los actuales habitantes de Austria les llena de zozobra y vergüenza porque haber sido convecino de un auténtico criminal de guerra no debe ser plato de gusto para nadie.

   Hasta tal punto llega la zozobra de los austríacos que han llegado a plantear la posibilidad de derribar la casa donde nació Hitler para evitar que sus seguidores la conviertan en lugar de culto y se pueda romper la habitual tranquilidad de su pueblo natal generándose conflictos permanentes y violentos entre ciudadanos demócratas y seguidores del Reich.

   Con la perspectiva que da proceder de un país que no se plantea estos problemas tan peculiares, sugiero que se conserve la casa natal de Adolf Hitler como un monumento histórico y se pongan en marcha actividades y actuaciones cuya finalidad sea la de preservar al mundo y a las nuevas generaciones de ideas tan obsoletas y tan tiranas como la xenofobia y el nazismo. Espero que al final, del miedo a hacer crecer el monstruo, no se impida que se conserve un vestigio importante de la historia para aprendizaje de los austríacos del futuro.

   En España existe un dicho que afirma que “la suerte de la fea, la guapa la desea”. O sea que bendito problema el que podríamos tener si nuestras inquietudes se limitaran a derribar o no la casa de nuestro dictador. La pervivencia del franquismo, muchos años después de la desaparición física de Franco, conlleva que su lugar de vacaciones sea propiedad de la familia y que sea ahora su nieta la que se encargue de gozar de unos terrenos que fueron expropiados a los vecinos de Meirás manu militari. En vez de convertirse en un museo de los horrores que divulgue la maldad del franquismo, el pazo es el hogar de veraneo de su familia que, cuando le sale de las narices a la Carmencita, pone a disposición de los visitantes. Es un anacronismo tal, que solo escribirlo me produce un rubor imposible de abortar.

   Si este país hubiera sido consecuente con la democratización del régimen, no solo muchos asesinados por los falangistas y los vecinos resentidos seguirían pudriéndose en nuestras cunetas, sino que las propiedades del dictador serían patrimonio del Estado y los ciudadanos podrían visitarlas cuando desearan para que la terrible dictadura que asoló durante más de 40 años España fuera solo un recuerdo en la memoria de sus sufridores y un espacio en los libros de historia en los que se explicara claramente el papel de los enemigos de la libertad.