Published On: Lun, Oct 24th, 2016

Enseñarlo todo

 

Vicente Bernaldo de Quirós

24-10-2016

Vicente Bernaldo 1  Nunca he sido capaz de cogerle el tranquillo a la excitación que les puede producir a los exhibicionistas enseñarlo todo y la pulsión sexual que representa para ellos, ni tampoco puedo explicarme las razones que impelen a un hombre a salir de casa ataviado tan solo con una gabardina y mostrar sus genitales a la primera mujer (o niña, o niño) que pase por su lado. Pero tampoco entiendo el impostado escándalo que puede suscitar en determinadas mentes que haya casos de este tipo.

La sociedad falocrática en la que vivimos convierte a los hombres en rehenes de su propia sexualidad y en hacerles(hacernos) creer que nuestros penes son hermosos y dignos de admiración y que cualquier mujer se pirraría por ellos con solo verlos, aunque sean cinco minutos. Luego, la mayoría, cuando se desnudan frente al espejo solo pueden (podemos) dibujar una sonrisa de conmiseración.

Las mujeres, por su parte, tienen una idea mucho más positiva de su cuerpo y saben disfrutarlo, sin tener necesidad de que el resto del mundo contemple sus atributos sexuales con la misma obsesión que sus compañeros varones. Por eso no hay mujeres que nos enseñen la pepitilla del coño en los parques y lugares oscuros y alejados de nuestras ciudades.

Además, la mayoría de esta sociedad no se sorprende por la aparición de hombres que dotados de una enorme mata de vello púbico lo airean para supuesto goce de quienes puedan verlo, sino lo que podría producir enojo, a la mayoría les mueve a risa, cuando no a desprecio e indiferencia total.

Hace ya unos cuantos años, unas amigas de una pariente mía que rozaban la adolescencia pudieron observar cómo durante uno de sus juegos en un parque público, un señor calvo y con bigote se empeñaba en mostrarles toda su virilidad mientras se jaleaba a sí mismo y las llamaba de todo. Las chavalas, no solo no se mostraron atemorizadas, sino que se descojonaron literalmente del individuo, le instaban a repetir la jugada y hasta le recriminaron la escasa longitud de su aparato reproductor. Hoy, estoy convenido de que las adolescentes, que ya sobrepasan con creces la veintena, le hubieran corrido a gorrazos y hasta le hubieran despojado de su prenda de abrigo, con el fin de darle un escarmiento.

En los últimos meses han proliferado las informaciones periodísticas sobre la existencia de peligrosos exhibicionistas e incluso se llegó a afirmar que en la vía verde, senda peatonal que llega hasta La Camocha, en Gijón, un tipo en chándal se baja los pantalones y muestra sus vergüenzas a todas las mujeres que encuentran a su paso. Es posible que la contemplación de las partes pudendas de este sujeto pueda ser desagradable para muchas, pero estoy convencido (porque he hablado con bastantes féminas del asunto) no les produce miedo insuperable, ni siquiera zozobra. Es más, algunas me insinuaron que se reirían con ganas si en su camino se encuentran a un exhibicionista. A lo mejor es que estoy siendo demasiado laxo y tolerante, pero la presencia de gente de esta calaña dista mucho de perturbar el ánimo de quienes contemplan la escena.

Con el paso del tiempo, muchos delitos prescriben. Y no lo digo solo en el aspecto individual de quien comete un acto punible, sino porque la sociedad ya ha asumido con distancia esta cuestión. La mayoría de la infancia ha visto ya más pollas y culos en la tele y en el cine que todos nosotros a lo largo de nuestra existencia. Y ni se sonrojan ni se escandalizan. Con el exhibicionismo sucede como con el adulterio o la blasfemia, que les ha pasado el arroz y lo mejor que se puede hacer con esta acción  de enseñarlo todo es desterrarla del Código Penal.

Fijaros si los delitos dejan de serlo que en el Renacimiento, la Iglesia condenaba a los banqueros al fuego eterno y convirtió la usura en pecado y en merecedora de cárcel. Hoy en día, la usura mueve el mundo y hasta da golpes palaciegos en el PSOE. Él Comité Federal de hace un mes, eso sí que fue exhibicionismo.