Published On: Vie, Jul 29th, 2016

Vanidad ‘post morten’

“Hay algo de vanidad post morten en algunas de estas voluntades que se suelen seguir a pies juntillas, para que no se diga que el encuentro del difunto con el otro barrio quede lastrado por un incumplimiento”

Vicente Bernaldo de Quirós
29-07-2016

Vicente Bernaldo 1   Supongo que conoceréis el chiste de aquel moribundo que en el lecho de muerte y rodeado de sus deudos les anuncia que si fallece en Villaverde Arriba, quiere que le entierren en Villaverde de Abajo y viceversa. Curioso por conocer las razones de esa decisión, uno de sus familiares le pregunta y el moribundo, antes de expirar exclama “Por joder. Solo por joder”. Aunque se trata de un escenario de ficción, es cierto que muchos de los últimos deseos de algunos mortales parecen estar pensados solo para mortificar a los amigos y parientes. Están los que quieren que se suban las cenizas al pico más alto y se arrojen al vacío o los amantes de la mar que desean que sus restos quedan depositados en el fondo del océano, con la sana intención de que alguien los lleve hasta allí. Con lo fácil que resulta que a uno lo incineren y después de acabado todo, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Hay algo de vanidad post morten en algunas de estas voluntades que se suelen seguir a pies juntillas, para que no se diga que el encuentro del difunto con el otro barrio quede lastrado por un incumplimiento, como si en vida no cesáramos de sufrir rupturas de compromisos y de pactos por parte de personas en las que confiábamos. Pero, en fin esa es la naturaleza humana y no hay más remedio que aceptar algunas excentricidades de determinadas personas allegadas, porque tienen como contrapartida que no pueden volver a tocarte las narices una vez roto el cordón umbilical con la vida.
Viene todo esto a cuento por la cláusula testamentaria del famoso semiótico y escritor Umberto Eco que estipula que en diez años queda prohibido hacerle todo tipo de homenajes, ya que se retorcería en la tumba si escucha algún erudito universitario haciendo loa de sus artículos o de sus  últimas publicaciones literarias y sobre todo podría pensarse que sus familiares boicotearían los actos de tributo porque podrían considerarse como un desprecio a la voluntad del artista.
Reconozco que Umberto Eco es un escrito de mi agrado y que ‘El nombre de la rosa’ es una excelente novela que después en el cine no desmereció en absoluto su categoría literaria. También ‘Baudolino’ merece la pena ser leída por cualquier amante de la lectura, si bien en este caso no se conoce que haya habido adaptación cinematográfica o que haya visos de que pueda haberla en fechas próximas.
Dicho esto, tengo que reconocer que su última voluntad me parece una gilipollez absoluta, aunque manifestada con todos mis respetos. La obra de Eco, incluso su figura, trascienden de sus caprichos personales y los estudiosos de su literatura no pueden quedarse a dos velas esperando diez años para presentar en sociedad su trabajo, porque podría entenderse que ese contacto con el público sería entendido como un homenaje más o menos indirecto.
Me cabe la duda de que si obviamos el deseo del semiótico italiano podríamos sufrir algún tipo de censura moral o de multa administrativa, pero la decisión dejaría a muchas universidades en situación de desamparo. Se da la circunstancia de que al día siguiente de la muerte de Umberto Eco, el pasado mes de marzo, la viuda se presentó con una copia del testamento ante el rector de la Universidad de Bolonia, exigiendo que cesara el acto de tributo al escritor, lo que fue obedecido de inmediato por las autoridades universitarias. No sé yo si este evento programado en honor y gloria del autor de ‘El nombre de la rosa’ tuvo unos gastos derivados de su preparación, pero me imagino que no le endosarían la cuenta a la viuda.
No me va a gustar menos la obra de Eco por esta chiquilicuatrada de última hora, pero hay que reconocer que ciertos artistas tienen el ego subido y son capaces de morirse con tal de salir en los papeles al día siguiente con una decisión un tanto polémica acerca de lo que la sociedad va a hacer con su legado. Vanidad post mortem, que en ocasiones solo mueve a risa.