Published On: Lun, Jun 29th, 2015

Colino, el chino

“Decidió hacerse chino una mañana de junio. El sol naciente entraba por la ventana de su cuarto de la pensión Solisombra”…

Jaime Poncela

Jaime Poncela 1Decidió hacerse chino una mañana de junio. El sol naciente entraba por la ventana de su cuarto de la pensión Solisombra y esa imagen tan icónica como dicen los pedantes, tan oriental por lo demás porque el sol naciente sale por oriente como es sabido, llevó a Marciano Colino a tomar la decisión más importante de su vida:ser chino. Natural de Fuentesauco, su familia emigró a la gran ciudad en los tiempos de las vacas gordas y vivieron con un buen pasar a base de trepar por los andamios los más industriosos, hacer la calle las más golfas o golfos, y vender lotería o hacer de aparcacoches, rateros,  trileros o concejales con mando en plaza los más listos. Marciano siempre fue el más torpe y apocado de los Colino, un niño sin sangre, con un raquitismo que se cebó con él desde la más tierna infancia, y siempre abstraído en ensoñaciones extrañas y sentado en la posición del loto para mayor abundamiento. Marciano Colino gozaba del anonimato, gustaba de pasar inadvertido y llegó a  concluir que nada mejor que ser chino para integrarse en la masa.Y qué mejor masa que la de los orientales, todos iguales, todos de ojos rasgados, todos de piel amarilla, todos comiendo arroz, todos estreñidos.

Marciano Colino no quería ser un chino de la dinastía Ming con jarrones, plumas, penachos, eunucos y concubinas. El quería ser un chino de pantalón Mao, perdido entre la multitud camino de los arrozales o de los campos de reeducación. Así que aquella mañana, en medio de la sórdida habitación de la pensión Solisombra, sentado sobre un colchón con más cercos que Alcazar de Toledo, Marciano se hizo chino de corazón, ya que físicamente podría haber pasado mejor por apache o bengalí al no poder renegar de la genealogía mesetaria y profunda que delataba su imagen renegrida, cejijunta, con un pelo tan duro que pasaría por las crines de una mula,  una barba cerrada como la noche y unas almorranas que le impedían adoptar con comodidad la postura del loto.

Sus hermanos, unos desalmados y unos atorrantes como algún día se contará aquí, tomaron la chinización de Marciano como una excentricidad más y se limitaron a reirle las gracias y responder a las reverencias orientales del primer chino natural Fuentesaúco con inclinaciones de cabeza burlonas y otras cuchufletas. Si en vez de hacer comedia hubiesen hecho caridad llevando a su hermano a alguna institución mental se habría evitado la tragedia.

Meses después de su extraña decisión y teniéndose por todo un chino, Marciano se presentó en el gran bazar La Felicidad Oriental del Bambú en Salsa Agridulce donde se ofrecía un empleo de reponedor. Preguntó por el dueño, un tipo malhumorado, de pelo grasiento, pantalones de tergal, camisa ajustada con cercos en el sobaco y zapatos de rejilla que respondía por el nombre de Chino Jesusito, sin duda la castellanización de su verdadero e impronunciable patronímico. Muy cabreado por el retraso que acumulaba la llegada de una partida de cinturones de piel de cojón de merucu, Chino Jesusito salió de mala gana a atender a Marciano, aspirante al empleo. Ataviado con el tradicional sombrero cónico de los países orientales hecho por él mismo con un periódico, una camiseta de Alimerka y pantalones Mao, Marciano comenzó a inclinarse ceremonialmente ante Chino Jesusito como expresión de respeto y solo pudo decir con acento raro que su nombre era Co-li-No. El empresario tomó a aquel individuo renegrido y vestido como un payaso por el dueño de una mercería cercana con quien ya había tenido algo más que palabras. Pensó que aquello era una burla a su etnia, costumbres e idioma, amén de un desdoro para su negocio así que, ni corto ni perezoso, propinó al atónito aspirante un par de golpes en la nuca con la certera técnica de algun arte marcial que Chino Jesusto recordaba de su infancia y que acabaron con la vida de Colino, el pobre chino de corazón.

Por manda testamentaria del difunto sus cenizas fueron donadas al restaurante coreano “El aguarón imperial del cañaveral” donde sirven de condimento secreto de ciertos platos especiales de la casa.