Published On: Jue, Mar 26th, 2015

Miedo a saber

“El miedo a conocer las razones por las que la Comisión Europea investiga, bajo la espada de Damocles de las sanciones económicas y de la devolución del dinero, el sobrecoste de las obras de El Musel”//

Vicente Bernaldo de Quirós

26-03-2014

Vicente Bernaldo 1   El miedo a lo desconocido y sus consecuencias forma parte de la naturaleza humana, pero ese atavismo no nos debe impedir superar la parálisis y debe ser un acicate para entender lo que sucede y, sobre todo, darle solución a los problemas que se crean. Las más de las veces ese temor a lo que resulta inesperado no es otra cosa que un mecanismo de autodefensa con el que tranquilizamos nuestras conciencias y evitamos que pueda recaer sobre nosotros el resultado de unas situaciones sobrevenidas.

Algo de eso hay en el miedo que existe en muchos organismos, partidos y administraciones a la hora de conocer las razones por las que la Comisión Europea investiga, bajo la espada de Damocles de las sanciones económicas y de la devolución del dinero, el sobrecoste de las obras de El Musel, producto de una investigación surgida por la denuncia de una organización asturianista minoritaria, sobre la que han recaído toda clase de rayos y centellas, en vez de mostrarle su agradecimiento por la posibilidad de descubrir la verdad.

Me imagino que el asunto lo conoceréis y, en caso contrario, os lo resumo brevemente. Hace una década, aproximadamente, y con el público objetivo de que el puerto gijonés de El Musel pudiera ser más competitivo y atraer una serie de tráficos marítimos, indispensables, según se dijo, para continuar en el desarrollo portuario de la ciudad y de la comunidad autónoma, se procedió a la realización de una serie de obras de ampliación que fueron, en la práctica, unánimemente aceptadas por la sociedad regional, con algunos que otros matices técnicos que no cuestionaban el fondo del asunto.

Estas obras sufrieron un coste muchísimo mayor del que se había presupuestado y el resultado final tuvo un aumento de alrededor de más de 500 millones de euros, lo que comenzó ya a agrietar los apoyos que la obra había tenido en sus inicios. Muchas de las denuncias al respecto se relacionaron con la falta de claridad y de explicaciones sobre las razones del sobrecoste.

Hay que decir que el hecho de que un proyecto experimente un sobrecoste sobre lo presupuestado no es malo de por sí. Hay razones geológicas, técnicas y de diversa procedencia que lo podrían aclarar. Lo que sucede que esta excedencia sobre el montante inicial suele ser demasiado frecuente, casi cotidiana y se ha llegado a justificar en algunos casos como una estrategia de las empresas constructoras para salvar sus ofertas en las plicas, más por debajo del coste real. No obstante, existen casos en los que se trata únicamente de especulación y en algunos momentos, de pago de comisiones o compra de voluntades en las que, supuestamente, todos, a excepción del erario público, saldrían ganando. Curiosamente, algunos de los más conspicuos detractores del sobrecoste y encargados de vigilar el desarrollo de las obras, han incurrido en este defecto, véase el Banco Central Europeo con su gasto de casi un 30% más de lo proyectado para una nueva (¿e innecesaria?) sede de sus dependencias en Fráncfort.

El sobrecoste de El Musel llegó a los organismos de vigilancia de la UE que tras examinar las distintas facturas y presupuestos llegó a la conclusión de que se había originado una anomalía contable y era preciso que se detallara el porqué de la misma. Entretanto, se exigía la devolución del dinero (la ampliación la pagaba la Comisión Europea) y se imponía una considerable sanción.

A partir de ahí, el fantasma del histerismo se apoderó de Asturias. Lo que debería ser tan solo una respuesta convincente sobre las causas de este dinero no del todo justificado, se convirtió en una campaña de chauvinismo recalcitrante y en un patológico compendio de manías persecutorias y de agravios seculares. Las investigaciones parlamentarias en la Junta General del Principado (son providenciales los cortocircuitos socialistas a cualquier comisión indagadora sobre hechos en los que este grupo podría tener un mínimo de participación) resultaron un fiasco y las explicaciones en los medios de comunicación no aclararon nada de nada. Hubo (y hay) un atronador miedo a saber la verdad y es lo que produce todavía más descorazonamiento en la sociedad asturiana.

Veamos lo que sucede en un futuro próximo, pero es conveniente dejar dos o tres cosas claras. La primera es que, independientemente de las valoraciones técnicas que se puedan hacer, si el sobrecoste está justificado desde el punto de vista de la necesidad real, todos deberíamos estar tranquilos. Hemos tenido que rascarnos más el bolsillo público, pero a veces sucede irremediablemente. El problema está en si el sobrecoste acarrea gato (o gasto, que en este caso son sinónimos) encerrado y más que un dinero de más, hay alguna mano que se ha cruzado en el camino. Es fácil, si eso sucedió se descubre la mano, para lo que no deberían existir cortapisas, y aquí paz y después gloria, tras obligar al propietario de la mano a devolver lo acaparado. No tiene porque llenar de intranquilidad a nuestros gobernantes, técnicos y, por extensión a la sociedad asturiana. El miedo es atávico, pero, en ocasiones, tiene más racionalidad de lo que parece. No es miedo a saber; es miedo a descubrir.